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La cancha, la finta y el recreo

¿Quién dibuja las líneas del campo… y quién descubre que el mundo no termina en ellas?

En el marco del Festival de Cine Latino MIGRAFEST y FESTIGOL en Simbiotika se presentaron el cortometraje THE RECESS de Navid Nikkhah Azad y la instalación “Semiótica de resistencia” de Manne Stoller. A partir de ese cruce de obras surge la siguiente reflexión. 

LA CANCHA, LA FINTA Y EL RECREO

La palabra cancha proviene del quechua kancha: recinto, cercado, patio. Un espacio delimitado donde ocurre algo.

En el fútbol, la cancha aparece como un terreno de juego aparentemente simple: un rectángulo marcado por líneas blancas donde dos equipos se enfrentan mientras una pelota circula entre pases, errores y aciertos. Sin embargo, esa simplicidad es engañosa. La cancha es también un escenario donde se organizan reglas, jerarquías y posibilidades de acción.

En el cortometraje THE RECESS de Navid Nikkhah Azad y en la instalación “Semiótica de resistencia” de Manne Stoller, la cancha aparece precisamente como ese lugar de disputa. No sólo se juega un partido: se juega también la posibilidad de participar en el juego. El conflicto no se reduce al balón que circula entre los pies, sino a quién puede ocupar ese espacio y bajo qué condiciones.

Las niñas que desean jugar enfrentan una prohibición concreta. En ese sentido, la escena puede leerse como una denuncia clara de exclusión. Y lo es. Sin embargo, la situación también abre una pregunta más amplia: qué tipo de reglas organizan el campo y cómo se establecen los límites que determinan quién juega y quién queda fuera.

El fútbol, como muchos otros juegos, funciona a partir de reglas. Pero las reglas no son neutras: organizan el campo, distribuyen posiciones y establecen jerarquías. Cuando estas estructuras se naturalizan, el juego corre el riesgo de convertirse en una trampa invisible. Los participantes continúan moviéndose dentro del sistema sin cuestionar la lógica que lo sostiene.

Dentro de ese sistema aparece uno de los gestos más característicos del fútbol: la finta. Un movimiento que simula una dirección para tomar otra. Un engaño breve que descoloca al adversario y abre un espacio inesperado.

En el juego, engañar no es una falta moral, sino una herramienta estratégica propia de su lógica.

Este principio no pertenece únicamente al deporte. También aparece, con otras consecuencias y lecturas, en los conflictos políticos y en las estrategias de poder que organizan el mundo contemporáneo. Muchas acciones que desde fuera parecen errores o contradicciones pueden ser, en realidad, movimientos calculados dentro de una disputa mayor. La finta, en ese sentido, no es un accidente del juego: es parte de su lógica.

Comprender esto cambia la forma de observar el conflicto. Lo que a primera vista parece caos puede ser estrategia; lo que parece improvisación puede ser cálculo.

Nuestra experiencia del mundo también se organiza como un campo de juego estructurado por oposiciones constantes: derecha e izquierda, bueno y malo, victoria y derrota, norte y sur, nosotros y ellos. Estas dualidades ordenan el pensamiento político, organizan los discursos públicos y delimitan los campos de pertenencia.

La dualidad define el plano donde se desarrolla gran parte de la vida social y política. Esto no elimina las diferencias concretas ni las asimetrías reales, pero permite observar la estructura en la que operan.

Pero reconocer esa estructura no significa quedar atrapado en ella. Al contrario: comprender las reglas del juego, sus tácticas y sus desplazamientos es precisamente lo que permite atravesarlo.

Aquí aparece algo que el fútbol comparte con la infancia.

En el patio de una escuela, durante el recreo, los niños muestran algo que los adultos suelen olvidar. Juegan con las reglas, las modifican, las negocian o simplemente las reinventan. En ese gesto aparece una forma de libertad fundamental: la capacidad de crear realidad dentro del juego.

La palabra recreo revela algo importante cuando se observa con atención su propia forma: re-creo. Volver a crear.

El recreo no es sólo un descanso entre clases. Es el momento en que el juego deja de ser una estructura rígida y se convierte en un espacio de invención. Allí las reglas no son un límite absoluto, sino materiales que pueden transformarse.

Con el tiempo, esa capacidad suele debilitarse. El adulto aprende a obedecer reglas más que a cuestionarlas. Se acostumbra a jugar dentro de sistemas diseñados por otros, olvidando que todo juego es, en última instancia, una construcción.

Volver al re-creo significa recuperar esa facultad.

No se trata sólo de entrar a la cancha.

Se trata de comprender el juego lo suficiente como para no quedar atrapado en él.

Porque cuando el jugador entiende las reglas, las fintas y los límites del campo, aparece una posibilidad más profunda: sin negar el conflicto, ni desconocer a quienes aún lo habitan, dejar de reaccionar al juego existente y comenzar a re-crear realidad.

Después de todo, si cancha significa recinto, tal vez la pregunta no sea únicamente quién puede entrar a jugar.

Tal vez la pregunta más profunda sea otra:

¿quién dibuja las líneas del campo…

y quién descubre que el mundo no termina en ellas?

Créditos texto : Simbiotika | @simbiotika

LA CANCHA, EL HILO Y LA PALABRA ESCONDIDA

¿Quién dibuja las líneas del campo… y quién descubre que el mundo no termina en ellas?

La pregunta permanece abierta, pero en los cruces recientes en Simbiotika comienza a desplazarse. Ya no se trata solo de observar la cancha como un sistema de reglas, jerarquías y exclusiones, sino de comprender que ese campo puede ser también un laberinto. En un texto que aparece en este mismo plano, pensadores como Nicolás de Cusa y Martin Heidegger interpretan el juego como manifestación de lo humano e incluso de lo divino: el balón como unidad, el juego como despliegue de esa totalidad en la experiencia. Sin embargo, esa lectura —aunque profunda— permanece dentro del campo: interpreta el juego, pero no interroga sus límites.

Entrar a la cancha no es un gesto neutro. Implica asumir una posición, ubicarse en un lado, aceptar las reglas que organizan el juego. En ese acto se activa la dualidad: nosotros y ellos, ganar o perder, avanzar o retroceder. El conflicto no aparece por accidente, sino como condición del juego mismo. Sin identificación no hay oposición, y sin oposición no hay juego.

El cruce con el libro de Ricardo Loebell, Palabra escondida, abre otra dimensión. La portada, basada en la obra The dream is over de Stephan Onken, muestra el recorrido del balón en un partido de 1996 entre Portugal y República Checa. No vemos jugadores ni jugadas, sino la huella del juego: una línea continua que atraviesa la cancha. Ese trazo deja de ser solo registro para convertirse en algo más: un hilo. Como el hilo de Ariadna, entregado a Teseo para entrar al laberinto, enfrentar al Minotauro y poder regresar sin perderse. El problema no era entrar, sino olvidar el camino de vuelta.

Aquí la palabra adquiere otra profundidad. Recordar no es solo traer algo a la mente: es re-cordar, volver al corazón, al centro. Pero también puede leerse como re-cuerda: seguir el hilo de regreso al origen, mantener el vínculo con aquello que permite orientarse. Como la sangre que recorre el cuerpo a través de venas y arterias —hilos internos— en un movimiento continuo de ida y vuelta, la experiencia parece sostenerse en ese flujo: salir y regresar, expandirse y reunirse. El corazón no es solo un órgano, sino una imagen del centro al que todo retorna.

Ese hilo es también tejido. Tejido que deviene texto. En esa continuidad —tejido, textil, texto— aparece una misma raíz que revela una intuición profunda. El texto no es solo lenguaje, es una trama, una organización de relaciones que produce sentido. Como el recorrido del balón, como el hilo en el laberinto, como la sangre en el cuerpo. En todos los casos, lo que está en juego no es solo el movimiento, sino la posibilidad de no perderse en él.

Así, el lenguaje aparece como una cancha invisible. Un espacio donde también hay reglas, límites y posiciones posibles. La palabra no solo describe la realidad: la construye y la vuelve jugable. Pero en ese mismo gesto puede ocultarla. La palabra —esa palabra escondida— no desaparece: se vuelve ilegible cuando se pierde la relación entre lo que se quiere decir y lo que efectivamente se dice.

Aquí aparece un problema de precisión. Como en los relatos del genio que concede deseos, no basta con desear: hay que saber formular. El genio no interpreta la intención, responde literalmente a la palabra. Lo mismo ocurre en lo cotidiano: cuando das una dirección, el recorrido dependerá de la claridad con que la indiques. Si la instrucción es vaga, el trayecto se vuelve errático; si es precisa, el camino se abre. El lenguaje no responde a lo que imaginamos, sino a cómo lo decimos.

En ese sentido, la palabra no es inocente. Es un código operativo. Como en el antiguo concepto del logos —la creación a través de la palabra— o en la fórmula del abracadabra, decir es hacer. Pero esa potencia exige precisión: la palabra puede estar bien dicha —bendita— o mal dicha —maldita—. En un caso, ordena; en el otro, distorsiona. No porque cambie la intención, sino porque cambia la forma.

Aquí aparece otra idea, casi inadvertida en el lenguaje cotidiano: la noción de éxito. Habitualmente asociada a logros dentro del sistema —dinero, reconocimiento, posición— o, en el fútbol, ganar un partido, ascender de categoría, levantar una copa o un mundial. Sin embargo, si se la aproxima a su forma en inglés, exit, emerge otra resonancia: salida. El éxito podría pensarse entonces no como acumulación dentro del juego, sino como la capacidad de encontrar la salida del laberinto. No abandonar el juego, sino comprenderlo. Resolver el recorrido.

En este movimiento aparecen dos direcciones que no se oponen, sino que se necesitan. Una es la expansión: entrar al juego, crear, diferenciar, recorrer la cancha, desplegar la diversidad —ir del uni-verso a lo di-verso. La otra es el retorno: seguir el hilo, reunir los fragmentos, recordar la unidad —volver de lo di-verso al uni-verso. Como la respiración, como la circulación de la sangre, como el vaivén constante entre centro y periferia, ambas ocurren de forma continua. No hay elección definitiva entre una y otra, sino un tránsito permanente.

El problema no es el laberinto. No es la cancha. No es el juego. El problema es olvidar que estamos dentro de él. Olvidar el hilo. Olvidar el centro. Creer que las líneas son el mundo.

Tal vez la realidad no sea la cancha.

Tal vez sea el movimiento que la atraviesa.

Y la palabra —esa palabra escondida— no está fuera del juego: se revela cuando dejamos de perdernos en él.

Créditos texto : Simbiotika | @simbiotika

Etiquetas: , Last modified: 14/04/2026
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